5 août 2012 7 05 /08 /août /2012 06:00

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Altiplano, Altiplano...

 

 

Au Café Mirador (si, si, je n'invente rien...), sur les hauteurs de la ville, un peu de calme et de soleil avant de me replonger dans les beautés de Sucre, la belle baroque.

 

Dans le sac, ce texte au-delà des mers, offert par un ami :

 

Los tres caballos, que me acosaban en el sueño, saltaron de las nubes y cayeron en la pradera, cerca de un lago en cuyas aguas se reflejaba la luna. Los miré a lo lejos, pero al verlos venir a mi encuentro, me eché a correr atravesando montes, ríos y quebradas, hasta que de pronto me escabullí en un huerto de árboles frutales.


Caminé escuchando el retumbar de los cascos. Atravesé un arco iris y aparecí ante una inmensa llanura. En el horizonte se hundía el sol con su rosado resplandor, mientras una bandada de pájaros se dispersaba en el cielo.

Aunque estaba en otro tiempo y lugar, seguía corriendo como empujado por el viento. Di un traspié y caí en redondo. Me levanté de un brinco y seguí corriendo sin volver la mirada.


Los caballos avanzaban al galope. Ninguno llevaba jinete, salvo un cuerno en la frente. Parecían caballos domados, pero no tenían amos. Lucían alas en las patas y en el lomo; eran blancos, fuertes y briosos.


Aunque los tenía cerca, muy cerca, seguía apretando el paso, mientras mis energías se me iban por las piernas. No pensaba sino en ganar distancia. Mas como mis piernas no respondían al ritmo impuesto por mi instinto de sobrevivencia, me dejé caer rendido.


Los caballos me cruzaron. Se detuvieron en seco. Se alzaron sobre sus patas traseras y relincharon lanzando llamas como dragones alados. Los miré desde abajo, lleno de pasmo y espanto. Ellos se acercaron al trote, haciendo crujir los dientes y dando coces en el aire. Me bañaron con una lluvia de babas, mientras me hablaban en un idioma desconocido, con inflexiones de dialectos pretéritos.


—¿Qué quieren? —les dije.


Los caballos se levantaron sobre sus patas traseras, aletearon el colmo de la velocidad y se elevaron al cielo, las alas desplegadas y las crines tendidas al viento.


Al despertar, escuché desplomarse la puerta en medio de una polvareda que se disipó en el ámbito. Mi madre entró en el cuarto, me lanzó una mirada furtiva y dijo :


—¿Dónde están los caballos? 


Me restregué los ojos y limpié el sudor de mi frente.


—¿Qué caballos? —pregunté.

—Los caballos que te perseguían en el sueño —contestó.

 

 

Cette histoire en vaut bien une autre...

 

 

(Victor Montoya, Los caballos, Microzoologias, 2010)

 

 

 

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